El algoritmo del poder
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Por Leonardo Gil, Director de ICP República Dominicana
20 de mayo de 2026
Uso y abuso de las redes en las campañas electorales
Las campañas ya no compiten solamente por votos. Compiten por atención, emoción y permanencia en la mente del elector.
En apenas dos décadas, las redes sociales transformaron por completo la manera en que se construye el poder político. Lo que antes dependía de partidos, medios tradicionales o grandes movilizaciones, hoy puede alterarse con un video viral, un algoritmo bien entrenado o una narrativa emocional repetida miles de veces en una pantalla.
Las plataformas digitales cambiaron algo esencial: la forma en que las personas perciben la realidad. El problema es que el algoritmo no premia verdad, profundidad o equilibrio. Premia interacción. Y pocas cosas generan más interacción que el miedo, la indignación y el conflicto.
Por eso la política digital tiende naturalmente a la polarización.
Las campañas modernas entendieron rápidamente el nuevo escenario. Descubrieron que no era necesario convencer a todo el mundo. Bastaba con activar identidades intensas y emocionalmente comprometidas.
Ahí aparece el verdadero poder del algoritmo.
El usuario cree que elige libremente el contenido que consume, pero en realidad consume aquello que la plataforma determina que lo mantendrá conectado por más tiempo. Y para lograrlo, el sistema aprende rápidamente qué provoca enojo, miedo o reafirmación emocional.
La política dejó de percibirse como debate y comenzó a sentirse como pertenencia.
Pero junto con las oportunidades apareció también el abuso. Las redes abrieron espacio para noticias falsas, operaciones coordinadas, bots y campañas diseñadas para manipular emociones antes que informar ciudadanos.
La velocidad emocional supera constantemente a la verificación racional.
WhatsApp representa quizás el ejemplo más poderoso de este fenómeno. La información no llega desde un desconocido, sino desde un familiar o un amigo. La noticia puede ser falsa, pero el vínculo emocional es verdadero.
La próxima etapa será todavía más profunda. La inteligencia artificial permitirá campañas hiperpersonalizadas y mensajes adaptados emocionalmente a cada individuo.
Ese es el gran dilema de nuestro tiempo: cómo proteger la democracia en un entorno donde las emociones viajan más rápido que los hechos y donde el algoritmo comienza a moldear no solo lo que vemos, sino también lo que creemos.
Porque en la era digital, el poder ya no pertenece solamente a quien controla el discurso.
Pertenece a quien logra controlar la percepción.



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